Cuestión de química

Cuestión de química

Mi respiración se detuvo por un instante cuando lo vi entrar.  Después comenzó a agitarse con intensidad.  Podía sentir los latidos en mis labios inferiores.  Casi escucharlos claramente. La humedad llegó como una fuente rebosante de agua cristalina, empapando mi ropa interior sin poder evitarlo.  La intensidad de mis labios aumentaba por segundos.  Agitarme sutilmente sobre la silla apretándome contra ella era una delicia irresistible.

La excitación iba cobrando presencia y apoderándose de mi cuerpo entero.  El rubor era cada ver más visible en mi piel.  En ese momento, lamenté no haberme puesto una camiseta más discreta.  Mis pezones erectos y mi escote tan generoso me delataban.

Y allí estaba él.  Caminando con seguridad y encanto. ¿Hacia mí? ¿Siguiendo mi rastro entre tanta gente? Se sentó en mi mesa con frescura preguntándome si lo estaba esperando.  ¡Menuda cara tenía!  Lo peor es que llevaba razón.

Por más que quise mantener la compostura.  Yo misma me delaté cuando dije que el té estaba caliente,  muy caliente. ¡Lo repetí varias veces sin parar!

Él cogió mi taza con sus grandes manos. Sopló con suavidad con sus labios rosados y perfectos. Dejó entrever la punta de su lengua. Y con mi mirada picante me aseguró que estaba decidido a apagar el fuego que él mismo,  había encendido. Y lo hizo muy bien.  Lo sigue haciendo cada día.

Cuando recordamos cómo nos conocimos en aquel café de la esquina, siempre decimos que fue “cuestión de química”.

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